Roma Termini (1er premio 2011)

Camino de Santiago 0€ 1180 hits

Descripción

Roma Termini es el caos ordenado, el big bang de todas las estaciones de ferrocarril, en donde se mezclan sin rozarse, muchas historias por contar. Cada media hora, como en el escenario de una opereta, su aparente y agitada tranquilidad se desvanece, cuando por sus desvencijados altavoces, se anuncia de manera estridente, la inminente llegada de un nuevo expreso.

Hacía ya diecinueve años que no pisaba esta terminal, y por eso, mi memoria se mezclaba ahora con la realidad, al comprobar los empujones de los pasajeros que suben y bajan, las discusiones acaloradas con los mozos de equipajes, las familias corriendo tras un tren que se escapa, la mirada autoritaria de los revisores reclamando celeridad en la salida, y ya casi en movimiento, gritos, mil besos, y las sacudidas oscilantes de las manos, que bruscamente se detienen para iniciar un viaje sobre unos raíles fríos, como el acero, pero llenos de historia y emoción, como sus recuerdos.

 

No era hora punta, y por ello, pude depositar mi mochila en el asiento de al lado, ante la atenta mirada de una señora que retiró una bolsa repleta de albahaca, para hacerme sitio. Tras agradecer el gesto con una suave inclinación de mi cabeza, comencé a mirar por la ventana, para ver pasar en silencio las estaciones de la ciudad eterna : Tuscolana, Ostiense, Trastevere y Roma San Pietro, mi estación habitual, pero que esta vez no era el lugar de mi partida, por razones obvias.

 

Entre un laberinto de calles, pude divisar la cúpula y la gran plaza del Vaticano, desde donde la Iglesia, abre de par en par sus brazos a Roma y al mundo entero, mientras gobierna sus designios, con más decretos de presente que proyectos de futuro.

A pesar del tiempo transcurrido, todos los empleados de la Rete Ferroviaria Italiana, han heredado sin saberlo, el aire pomposo y grandilocuente de las fuerzas armadas de Mussolini, y por ello cuando  les viene en gana, solicitan con gestos de autoridad la validación de los billetes, al tiempo que un ir y venir de escurridizos tramposos, corren por los vagones en busca de escondrijo.

Durante unos minutos repasé de memoria mi equipaje, y contemplé cada una de las cosas cotidianas e imprescindibles que había elegido, en medio de las prisas y la impaciencia de la noche anterior. Cuatro o cinco mudas, las botas de montaña, los pantalones que mi hermano había traído de Baviera, el botiquín con las pastillas rojas de la tensión, mi agenda, el pasaporte, un poco de dinero, y la vetusta cruz de madera, que mi madre me regaló, el día de mi consagración como sacerdote.

Dos o tres olvidos sin importancia, eran un excelente saldo en mi macuto, tras tomar acaloradamente y casi sin pensar, la decisión de mi partida. No huía de mis responsabilidades ni de los fantasmas de mi cerebro, pero si de una situación de ansiedad y decepción, que no debía de mantener en mi cabeza durante más tiempo. Por eso, había considerado providencial, la conversación mantenida con un colega, durante el último Sínodo, en el cual pude conocer el auténtico significado del Camino a Compostela.

Frente a otras rutas de peregrinación, más multitudinarias o seculares, este viaje ofrecía al peregrino no sólo su impronta religiosa, sino que ponía, en palabras de mi interlocutor, al hombre frente al hombre, iluminado por Dios. Por supuesto, no fue esta conversación la razón del inicio de mi viaje, pero es verdad que fue el poder de la iluminación, quién decidió finalmente el camino que habría de recorrer.

Tras hora y media de traqueteo llegamos a Civitavecchia, el orgulloso puerto de Roma, y casi sin tiempo para descansar, embarqué en la Grandi Navi Veloci de la naviera Grimaldi que desde 1992, une en menos de una jornada de navegación a este puerto con Barcelona. Una intensa marejada nos sorprendió a la altura del estrecho de Bonifacio - Bocche di Bonifacio - que separa las islas de Córcega y Cerdeña, y cuyas aguas revueltas me recordaron, las turbulentas circunstancias a las que tuve que dar respuesta en los últimos meses, a veces, sin conseguirlo.

Con el mareo a punto de hacer mella en mi estómago, reparé en el desgaste del cuero de los asientos de la naviera y en su color grana, muy similar también en su textura, al sillón en el que se encontraba sentado, la primera vez que me recibió en audiencia en sus aposentos privados.

Yo fui el primero en pensar aquel día, que quizás me había comportado de forma soberbia al declinar un año antes, su invitación para dirigir la Congregación, aunque creo que comprendió entonces, que mi compromiso pastoral en Münich, estaba por encima de cualquier otra ambición. Por esa poderosa razón, no pude disimular mi sorpresa, cuando un año más tarde, volvió a reclamar mi presencia, para desde entonces, entretejer nuestros ministerios y nuestras vidas, confundiéndose en una sola.

Al despuntar el día y con el sueño pegado en la cara, pude comprobar como Barcelona se extiende por todo el litoral y se ofrece al mar, iluminando toda la costa brava en un espectáculo de luces y brillos que pude contemplar desde la cubierta del barco. Nada más desembarcar y en un autobús urbano, llegué a la estación de Sans, en donde conseguí un billete de segunda, para un tren que tras doce horas de recorrido, me habría de llevar a la primera etapa de mi camino.

A lo largo de todo el día, atravesamos los paisajes de Tudela, Pamplona y Burgos, como un regalo improvisado, que me permitió conocer, una parte de la ruta que por mis múltiples ocupaciones, nunca llegaría a recorrer.

En la estación de Sahagún de Campos, reparé en dos niños que jugaban cerca del andén. Uno de ellos, reclamaba al otro con gran autoridad la propiedad de la pelota y esta circunstancia, me hizo cavilar en lo diferentes que somos los seres humanos ya desde la infancia. Pensé entonces en nosotros mismos y en las cosas que nos separaban. De hecho, yo no había pasado sus penurias familiares, ni poseía su sentimiento de solidaridad horizontal, cimentado por unos sólidos ideales en medio de la marea nazi. Mi infancia había sido menos excepcional, quizás porque nunca había trabajado en una fábrica o porque había recibido todo el apoyo familiar y comodidades, que un seminario de entonces podría ofrecer.

Quizás nuestras respectivas circunstancias, habían forjado en el un hombre de profundas intuiciones, las cuales expresaba continuamente con gestos fuertes y decididos, mientras que en mi, habían construido a un hombre de libros, que lo único que pretendía era explicar, desde mi eterna timidez, una visión particular de la fe.

Mientras la llegada del tren a León anunciaba el final de mi trayecto, no tuve más remedio que reconocer, que una de las razones de este viaje, era poder admitir sin acritud,  que yo solo era un sobrio profesor, que siempre había permanecido a la sombra, de un gran comunicador.

La primera noche la pase en el albergue de peregrinos, que hay cerca de la casa Botines, la cual pude admirar iluminada. Por la mañana y en compañía de algunos estudiantes holandeses dirigí mis pies hacia San Martín del Camino, ya en tierras del páramo, raso y desabrigado. Al atravesar Valverde de la Virgen, aún sin apuntar el sol, pude ver la sacristía de su iglesia iluminada. La escena, casi cinematográfica, me hizo recordar mis agotadoras madrugadas tras escribir durante horas sus eternos discursos, tal como había ocurrido la semana anterior, en vísperas de su viaje a Eslovenia.

Es curioso, pero en mi pluma, mis opiniones teológicas parecían intransigentes, llenas de fanatismo y autoridad. Sin embargo, cuando días después, eran pronunciadas con su voz ante millones de personas, adquirían el poder de convicción de los ídolos de masas, que hacen tan imprescindible el mensaje como el mensajero.

Tras descansar un par de horas en el albergue municipal de San Justo, pude compartir la cena con el grupo de jóvenes que me acompañó en la etapa. Hablamos del románico, de las costumbres de los Maragatos y de algún que otro pensamiento trascendente, pero alejado de la religión. Tras una animada conversación, no intenté presentarme, ya que no me creerían, y porque no podía compartir con ellos, todo aquello de lo que me quería desprender, en este camino de las estrellas.

Posiblemente por mi carácter, también me faltaba decisión, para poder explicar a mis compañeros de viaje, la sensación de angustia y decepción que había experimentado desde mi llegada a la Secretaría de Estado, soportando en muchas ocasiones, las burlas de muchos colegas, que me identificaban como el panzekardinal, el perfecto intransigente de la doctrina de la fe, mientras que por el contrario en el, veían a un ser humano excepcional, que escribía poesía, que estuvo enamorado, o que podía seguir expresando su cólera ante cualquier circunstancia.

Mientras contemplaba admirado el trayecto sinuoso del puente del Paso Honroso en Hospital de Órbigo, aún podía recordar las miradas sobre mi nuca de los que creían que era su sombra y su espalda por un claro interés personal, sin caer en la cuenta, de que en la Iglesia, nadie sucede a nadie, sino que nos superponemos unos a otros.

En la inmensa recta que hay antes de Astorga, el sol no solo acechaba mis pasos, sino que se había subido a mi grupa sin piedad ni miramientos. Agotado, pero reconfortado con la experiencia, me sentía muy satisfecho de mis acciones incomprendidas, y de haber sido leal con él en estos últimos meses. De manera especial, por haber sabido y podido  plantar cara a su eterna camarilla, que pretendía elevarlo directamente a los altares, sin enfrentarse previamente, a las urgentes reformas que nuestra Institución necesitaba.

Al día siguiente en Foncebadón, tardé en desperezarme, y al abrir los ojos comprobé que el albergue estaba medio vacío. De forma compulsiva miré el reloj, y no pude dejar de pensar que a estas horas, ya habría comenzado la Eucaristía de invitados en la segunda planta del ala este, en la que por cierto, yo siempre participaba. Hace menos de dos semanas, tras finalizar la celebración, estuvimos compartiendo confidencias y practicando el único deporte que aún podíamos hacer juntos: caminar.

La experiencia de este camino ha contribuido a apaciguar los malos recuerdos y a confortar mi ánimo. He de reconocer, que siempre nos hemos querido entender desde la distancia y que afortunadamente hemos coincidido en cuestiones tan decisivas, como considerar que la Secretaria de Estado es la lengua, la vista, el corazón y el brazo de la Iglesia.

Sin embargo y por desgracia, en los últimos tiempos, a mi me había correspondido la ingrata tarea de tomar decisiones teológicas muy complejas, que afectaron y apartaron a reconocidos compañeros en la fe.

Me duele admitir, mientras descanso en un banco de la Hermita de Riego de Ambrós, que cuando he tenido que tomar esas y otras difíciles decisiones, me he encontrado solo, sin la compañía de su brazo y con el único apoyo de su firma, estampada en el papel.

Yo que había iniciado mi vida pastoral con el único objetivo de comunicar la verdad de la palabra, en pocos años, me he convertido, en un agorero, un perfecto mensajero de malas noticias.

A media tarde he entrado en Molinaseca cruzando el río Meruelo, arrastrando uno de mis pies por culpa de una enorme ampolla que erosionó mi talón y al tiempo, me hizo recordar, en mis propias carnes, la fragilidad del ser humano.

Molina mantiene cierto aire de señorío medieval y su albergue esta ubicado a la salida del pueblo, ocupando una antigua Hermita del Siglo XII. El de Molina es un refugio sin pretensiones y sus paredes de piedra, están cubiertas por un impresionante artesonado de madera, que aunque medio carcomido, conserva todo su antiguo esplendor.

Tras descansar y cenar frugalmente, me incorporé a una tertulia que Alfredo el hospedero organiza todas las noches alrededor de la chimenea. La velada, al contrario de lo que pensaba, no fue muy agradable, ya que amparado en la razón que otorga su título de propietario, vertió opiniones tendenciosas, casi injuriosas sobre la Iglesia y sus Ministros.

No quise replicarle, porque sin una razón aparente, aquel buen hombre, estaba fuera de sí. Creo que con más calma, cuando regrese a descansar en el seminario de Montpellier, le escribiré para mostrarle mi contrariedad y hacerle ver la escasa razón de sus desvaríos.

El camino entre Molinaseca y Ponferrada, es una sucesión ordenada de viñedos, huertas y frutales, que dorados al sol, me hicieron recordar mis largos paseos durante mi estancia en la Toscana. Al entrar en la ciudad minera del puente de hierro – Pons Ferrata – tuve una extraña sensación, casi una premonición, al observar a lo lejos como una patrulla de la policía solicitaba la documentación a todos los peregrinos que accedían al núcleo urbano.

No me equivocaba. A pesar de que Georg, mi eficaz secretario, era el único que conocía el lugar donde me encontraba, estoy seguro que no pudo guardar por más tiempo nuestro secreto, al no soportar, la presión de lo inevitable.

Un escueto fax que me entregó, con cara de preocupación, uno de los miembros de la patrulla, llenó de razones el final de mi camino. Una grave insuficiencia respiratoria y su posterior ingreso en la clínica Gemelli, eran la causa necesaria de mi inminente partida.